“UN CAMELLO ES UN CABALLO DISEÑADO POR UN COMITÉ…”

Por Ignacio Orrego C.

Alec Issigonis_MiniLa frase que titula esta entrada me sedujo desde que me encontré con ella un día domingo por la mañana mientras leía un artículo por Internet sobre las ventajas y desventajas del trabajo en equipo. Es atribuida al ingeniero británico de origen griego Sir Alec Issigonis, autor del diseño del célebre modelo Austin Mini, verdadero icono de la industria automotriz a nivel mundial.

El General Perón fue otro líder que se expresó más o menos en los mismos términos: «Si quieres que algo no funcione, crea un comité».

El CTO de Mercado Libre, Daniel Rabinovich, señala en relación a esto, que en las empresas esto se manifiesta siguiendo el siguiente esquema:

El proceso es más o menos así: unos pocos diseñan un buen producto → el producto es exitoso → la empresa crece → se incorporan expertos en cada aspecto del problema → el próximo producto es diseñado por un comité de treinta expertos → el nuevo producto es una catástrofe.

¿Se entiende? El concepto hace alusión a que no siempre el “trabajo en equipo” es garantía de éxito a nivel corporativo. Sobre todo cuando es entendido como una especie de convocatoria de individualidades que, insertas en un medio competitivo, tratan de lucirse para sacar provecho de cada circunstancia con el fin de potenciar sus propias carreras. Cuando esto ocurre, el “equipo”, en vez de afirmarse en el talento individual para potenciar el trabajo colectivo se transforma en una especie de rebaño en el que cada sujeto no persigue más que llegar primero al abrevadero o eludir el ataque de las fieras, entendiendo esto como una metáfora de la atenta e implacable vigilancia de los altos mandos, muchas veces más dispuestos a identificar el instrumento que desafina en el conjunto que a buscar el funcionamiento armónico de la orquesta.

Esta tendencia negativa reviste particular gravedad cuando hablamos de Equipos de Proyectos.

En cuanto a las causas, la predisposición a enfocarse más en la disonancia que en la armonía es un típico vicio de las sociedades individualistas. La inclinación natural de algunos gerentes de proyectos –y en general de todo tipo de líderes, sea en el ámbito que sea– a enfocarse más en menoscabar el desempeño de los otros que en encontrar el incalculable valor de la expresión de la inteligencia colectiva, es propia de quienes se sienten inseguros de la posición que ocupan en la vida. Nadie que no se sienta amenazado por los “otros” pone el foco de su análisis de la realidad únicamente en lo disonante.

Esta inclinación es un mecanismo de defensa surgido de la permanente sensación de inseguridad que aqueja a la gente en sociedades ultracompetitivas. En el fondo, la posición de ver al otro como amenaza es tributaria del aquel elemento que, siendo innegablemente humano, es herencia de ese antiguo pasado que une al hombre con los homínidos superiores. Es decir, el predominio de los “machos alfa” de la manada humana no puede no producir sociedades de tipo “selvático” donde la competencia y el conflicto son los resortes fundamentales del progreso (y, por supuesto, también de su elemento contrario: la regresión o involución de lo superior en inferior, entendiendo esto, entre otras cosas, como la transformación de la inteligencia en astucia, de la sensibilidad en sensiblería, del espíritu de colaboración en mero instinto gregario, etc.).

En este punto cabe señalar que lo propiamente humano ha de expresarse necesariamente en otros términos. En las sociedades modernas, especialmente a partir de la revolución de la era digital, la colaboración es un imperativo ineludible del éxito.

En efecto, la cultura digital es clave en el triunfo de lo colectivo, sobre el que se apoya a su vez la victoria del individuo sobre la masa. Y aquí cabe entender que la masa es al colectivo lo que el individualismo ciego y egótico es al individuo despierto y consciente de los atributos y talentos propios y ajenos. Es que el éxito individual en el mundo de hoy pasa, necesariamente, por el potenciamiento de lo colectivo. Nunca se es más exitoso, en tanto individuo, que en la expresión de lo colectivo, es decir, a partir de la inmensa riqueza de todo lo que puede sacar de nosotros el grupo. Una sociedad basada en tales valores es al mismo tiempo fruto y raíz del liderazgo verdadero, definido como el arte de hacer que las cosas sucedan y que las ideas se concreten. Después de todo, un verdadero líder es aquel que logra que el impulso de ir en esta o en otra dirección llegue efectivamente a algún lado.

En palabras de Lao Tsé: «Un líder es mejor cuando la gente apenas sabe que existe. Cuando su trabajo está hecho y su meta cumplida, ellos dirán: “Lo hicimos nosotros“».

En síntesis, podemos tener claro que cada vez que un grupo se junta a diseñar un caballo que deviene en camello, estamos en presencia de un equipo de individuos poco conscientes de la fuerza de lo colectivo.

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